Los verdaderos cuentos encadenados

Por Notas a pie de guerra

Hace poco más de un año la Diputación de Huesca tuvo la feliz idea de promocionar el turismo en su provincia organizando un concurso literario sobre viajes. Yo vivía en Fraga a la sazón y cuando en la biblioteca me avisaron, participé. Se llamó viajes encadenados y, cada una de ocho semanas, se elegía un microrrelato —con un máximo de cien palabras. La forma de encadenarlos era que debían comenzar por la última frase del ganador de la semana anterior; salvo el primero, que debía empezar por “En esta maleta no cabe casi nada”. La temática no tenía por qué estar enlazada. Pero éste, su inquietante narrador, quiso dejar abierta esa posibilidad al lector. Aquí comparto tres textos que pueden embeberse, o enlazarse, o no, al gusto del consumidor. Una precisión al último: cada semana, al no recibir el premio —un fallo en toda regla— los borraba para poder usarlos como me pluguiera. Estos son:

Objetos perdidos

En esta maleta no cabe casi nada.
La clasifica y etiqueta.
¿Cómo puede pesar tanto?
La coloca en el estante 1.
¿Qué lleva dentro?
Comenta en casa.
Algo denso; figúrate: ¿platino?
Con los amigos.
¿Cuánto podré sacar?
La arrastra por los anaqueles: 13, 14.
Si valiese su peso en oro…
La mira y acaricia.
Alguien pagó por sobrepeso, para no recogerla.
La balancea: el traqueteo no delata su contenido.
Tan pesada, ¿tan valiosa?
La empuja con esfuerzo: 29.
Treinta días mañana: si nadie la reclama, podrá abrirla, descubrir qué guarda, disponer de ella, estraperlear. Sí, mañana será un gran día.

Amores pasajeros, amores polizones

Lastima que no haya billetes para maniquíes. Irás en la bodega, dijo.
Despegó, aterrizó en el aeropuerto de transbordo. Hizo tiempo hasta el enlace viendo escaparates.
Y al pasar por otro maniquí, quiso sacarlo a bailar, un rap, como dos enamorados. Y se olvidó del anterior y de la maleta y el destino donde le esperaba.
Ese gusto en el vestir, siempre a la última; la figura esbelta, la tez perfecta; su expresión misteriosa, su serenidad, ese saber escuchar. Todo eso y más le cautivó.
Ahora vive como Nasseri, sin salir del aeropuerto.

Artefímera

–Te regalé una bonita sonrisa de Joker, leemos. En el grafiti vemos a un crupier repartiendo: una de las cartas se asoma levemente: un rabino–explica la guía.– Es la imagen que deja Artefímera esta semana, la única que verán ustedes, salvo que prolonguen su estancia o deje de borrarlas. Un rabino no es nada solo, pero puede ser cualquier cosa en buena compañía; y sonríe para atraerla.
–¿Qué dibujos hizo antes?
–Sólo encontramos otro hace dos semanas: una secuencia en la sala de objetos perdidos de un aeropuerto.
–¿Qué decía la leyenda?
–En esta maleta no cabe casi nada.

Ilustración: Salón de actos de la Diputación de Huesca.

A la sombra del muro (II)

Cada certeza viene cargada de dudas, cada luz proyecta sus sombras. Durante un paseo por el Memorial del Muro junto a Carlos García-Alix, tras cada historia que le contaba del Muro se asomaban los duendes de la ignorancia, riéndose a carcajadas de lo poco que yo sabía de la frontera de acero y hormigón que encerró Berlín-Oeste convirtiendo la semi ciudad en una isla en el mar rojo. La escritura del libro sería el venablo con el que lancear a aquellos duendes, la estaca con la que los empalaría, la picadora BOSCH Fleischwolf MFW68660 de 2200 watios con la que haría de ellos fuagrás de trol.

Antes, sin embargo, tenía que seguir disfrazado de Sísifo y acabar mi puñetera biografía de Castro Delgado. Y fue precisamente junto al Muro, en uno de mis bares favoritos, el Supersónico, donde me reuní con mi agente (la despampanante Emecé) y dos editoras para proponerles el libro sobre Castro. Si aceptaban, firmaría un contrato y me vería expuesto a la imperiosa agonía de una fecha de entrega. Tras varios viajes a Madrid y después de haber dejado lista la primera parte del libro, mi agente y yo nos reunimos de nuevo con una de las editoras en la cafetería Hontanares para no dejar cabos sueltos en la operación TYEPL («Termina ya el puto libro»). Altanero, chulesco, sobrao y petulante como un gomoso, dije: «Y ya sé cuál será el segundo libro que haga con vosotros». Ante la mirada escéptica de la editora, rematé: «Un libro sobre el Muro, que en 2021 se cumplen los sesenta años de su construcción». 

Lejanas carcajadas, como ecos de risas siniestras, se acercaron y me envolvieron en un huracán de espectros hipercinéticos que me arrastraron durante unos segundos a un plano espacio-temporal de la vigésimo octava constelación de Saturno, segundo agujero negro a la derecha. Los duendes desparramaban sobre mi cuerpo doblones de oro, proyectaban en el firmamento imágenes de cachondas suprahumanas, pellizcaban mis lorzas con intenciones punitivas, aporreaban mi cráneo con hoces y martillos y me devolvieron de nuevo a Hontanares. Tenía que olvidarme de momento del libro de Castro y centrarme en el libro del Muro.

He escrito el libro en plena pandemia de covidia, por lo que me ha sido imposible consultar fuentes bibliográficas en esas fortalezas del saber que son las bibliotecas. Tampoco era fácil conseguir entrevistas en una época de miedos y de distancias. Sujeto a la compra de libros y de artículos de revista, suscrito a hemerotecas digitales y sin perder por un momento de vista el caudal de información de la página del Memorial, he armado una historia del Muro de Berlín basada en una idea de Federico Jiménez Losantos: «Y en un mundo que empieza a descubrir, aunque sea invocando a San Google, hasta qué punto la mentira se halla instalada en lo más profundo del ser humano, como la primera y última versión del Mal, ¿cómo se lucha contra el comunismo, que se basa en la mentira sobre el terror que busca imponer? En mi opinión, solo recordando su realidad criminal, es decir, sus víctimas. Y eso significa combatir el mayor empeño en borrar su memoria, que es el de convertir el comunismo en la historia del comunismo».

La historia del Muro es la historia del comunismo y por tanto la historia de sus víctimas. La sorpresa, a la hora de trabajar en este libro, ha sido comprender cómo hasta los más bienintencionados han trabajado para convertir el Muro en un símbolo, cómo han desmenuzado su realidad en migajas abstractas que diluyen la responsabilidad de los criminales que lo levantaron. El lema cincelado en la pared de acero del Memorial reza así: «En memoria de la división de la ciudad entre el 13 de agosto de 1961 y el 9 de noviembre de 1989 y en recuerdo de las víctimas de la tiranía comunista». Esa última coletilla no estaba prevista en los planes gubernamentales y se añadió a última hora gracias al empeño de un solo hombre, Klaus-Peter Eich, y de la asociación de víctimas que dirigía. El memorial rinde honores a las víctimas mortales del Muro, pero nada dice de sus verdugos. No hay en todo el parque ni una sola fotografía de los dirigentes que esclavizaron a todo un pueblo. El libro, pues, debía incluirlos y denunciar también a los malvados y a los obtusos que se han empeñado desde hace años en impedir la deshonra de los tiranos. 

Holland & Dozier&Holland

Otra de las fuentes inagotables de versiones son las canciones de mis admirados Brian y Eddie Holland y Lamon Dozier, a los que pueden ver en plena labor creativa tan risueños ellos en la foto de cabecera y es que razones no les faltaban para estar contentos pues llegaron a escribir más de cien éxitos para la pléyade de artistas de la discográfica Tamla Motown que Berry Gordy había fundado en Detroit y que, junto con el sello Stax de Memphis, acapararon prácticamente toda la producción de la música negra de soul y rythm & blues de los años 60.
Pocos se han resistido a la tentación de versionear sus alegres y chispeantes canciones, aunque no todas son imprescindibles; yo mismo en la ducha hago una versión aseada de Stop In The Name Of Love de las Supremas (sin coreografía, claro, por el aquel de no esnafrarme) pero he juzgado más conveniente traer la versión de los Hollies.
Además de la versión insuperable de Vanilla Fudge de You Keep Me Hanging On que ya inclui en otra lista, otros grandes también las hicieron; los Who tuvieron mucha afición e hicieron un par o dos muy buenas de Leaving Here, del propio Eddie Holland y Baby Don’t You Do It de Marvin Gaye y los Rolling Stones de Ain’t Too Proud To Beg de los Temptations.
Si en otra ocasión traje a colación a James Taylor versioneado, ahora viene versioneando a lo grande How Sweet It Is de Marvin Gaye, como Phill Collins lo hace con You Can’t Hurry Love de las Suprems, un clasico.
Hasta bandas innovadoras y visionarias como Velvet Underground hicieron una de Run, Run, Run y la niu güei tampoco quiso quedarse atrás, ahí estaba Soft Cell para interpretar Where Did Our Love Gone?, también de las Supremes.
Ya lo decía el cantante de culto británico Billy Bragg, al que tuve el placer de oír en 1988 junto con mi amigo Alfredo en un garito cerca de Covent Garden, en la letra de su canción Levi stubbs’ tears:

“Cuando el mundo se desmorona, algunas cosas permanecen en su lugar…
Holland y Holland y Lamon Dozier también
Están aquí para hacer que todo esté bien” 

A disfrutar.

A la sombra del muro (I)

Soy sensible a las fronteras. Ágreda, mi pueblo de origen, está situado al borde de la Meseta, en la provincia de Soria. Siguiendo la carretera hacia el este, a muy pocos kilómetros, se pasa a Aragón. Si nos desviamos un poco antes, hacia el norte, llegaremos a Navarra después de atravesar una pequeña porción de La Rioja. Para mí es fácil distinguir las diferencias y las similitudes de paisaje, de acento, de habla y de carácter en las cuatro comunidades pese a que esa apretada «rinconada» ocupa muy pocas hectáreas. Algo parecido me ocurre con mi ciudad.

Resido en Alemania desde hace 21 años. Casi todos ellos los he pasado junto al Muro de Berlín. Primero viví en la antigua zona comunista, en el tramo norte de la Bernauer Strasse. Luego, en el antiguo sector francés, en el tramo sur de la misma calle. Entre una y otra casa, poco más de un kilómetro de distancia, unos diez minutos a pie. Dos barrios distintos: el primero, Prenzlauer Berg; el segundo, Wedding. Y junto a ellos, a dos pasos, Mitte. Tres zonas de una misma urbe, completamente distintos su urbanismo y sus habitantes en las tres. 

Vivo en Wedding, trabajo en Mitte y cerveceo en Prenzlauer Berg. Apenas media hora andando entre mi casa y mi «oficina», y unos veinte minutos entre mi casa y mi bar predilecto o entre este y mi «oficina». Los cambios en la ciudad han sido sustanciales en este tiempo. Más gente, más coches, obras por doquier y la desaparición paulatina de la roña que dejó el comunismo en las fachadas de la zona oriental. 

También han desaparecido puticlubs de barrio con pintas de covachuelas ponzoñosas (uno de ellos es ahora una guardería hispanogermana), casas de ratas antifa y algunos bares de proletas que tenían una vida propia y pintoresca y donde me lo he pasado cañón. Eran bares oscuros, densos de tabaco, sudor y pedos, con olor a aguardientes y a cerveza y un ecosistema multitudinario y microscópico en las moquetas y no tan multitudinario y de algo más de enjundia física en las barras y en las mesas. Mi favorito fue siempre el Brunnenquelle y de entre sus camareras la mejor era, sin duda alguna, la francona Steffie, a la que tiempo después de que se marchara llamaba un borracho a gritos desgarrados en la puerta del bar, compungido por su desaparición. 

El mercadillo del Mauerpark, por otro lado, ha crecido y ha pasado de ser un campamento de tenderetes a ser toda una referencia no solo para turistas, sino también para los indígenas de la ciudad, y los domingos que he pasado en él también han sido de esparcimiento y solaz y la verdad es que han sido momentos de puta madre. 

A lo largo de la Bernauer Strasse se extiende el Memorial del Muro de Berlín. Cuando cayó el Muro, se desmanteló gran parte de la muralla de hormigón, y el terreno de la llamada «franja de la muerte», la explanada de arena de varios metros de ancho que se situaba detrás del Muro para localizar de inmediato a los posibles fugitivos, se convirtió en un descampado que no tardó en ser colonizado por la maleza y las alimañas: hurones, comadrejas, zorros, ratas, topos… Con el tiempo, las autoridades han despejado el terreno, se han levantado algunos edificios y el resto se ha sembrado con césped; de tanto en tanto, se tropieza el peatón con varios puntos de información que explican la historia del Muro. El memorial es un parque gigantesco, plácido y amable.

Pese a cruzarlo casi a diario, todos los cambios de la zona me han pasado casi desapercibidos. El afán consuetudinario absorbe la cinética de la urbe. Pero las placas conmemorativas, esparcidas por todo el memorial (aquí murió fulano, aquí detuvieron a dos, aquí escaparon cuatro…) me impiden olvidar que vivo en el lugar de los hechos. Y un día decidí escribir un libro sobre todo esto.

Cuentas (y cuentos) encadenados

Por chatbot451

Hoy he venido a hablarles de un libro; mejor dicho, de un nuevo tipo de libros… contables. Un asunto que no parece ofrecer un gran atractivo, soy consciente; entendería que huyesen en este mismo instante. Aunque también pueden aprovechar la ocasión que les brinda EyB para adentrarse en terrenos tan ásperos porque ustedes quizás no estén al tanto, y vivan felices y despreocupados, pero muchos apóstoles de la innovación aseguran que dentro de unos años en esos libros se registrarán sus operaciones financieras, sus historiales clínicos, la traza de los alimentos que han comprado en el supermercado, su discoteca de raperos y traperos, su pinacoteca de arte digital. En suma, serán el testigo permanente, el rastro, de sus actividades, sus datos y sus bienes digitales.

De hecho, esos libros contables ya se están utilizando con gran éxito de crítica y público en algunos territorios avanzados de la Red. Todos están redactados en una neoescritura tecnológica y su soporte electrónico llamado «blockchain» o «cadena de bloques». Puede que ustedes ya hayan oído hablar del invento a través del mercado digital que lo popularizó, el de la criptomoneda Bitcoin, pero su uso va mucho más allá de ese caso particular. Es tal la expansión del fenómeno que muchas empresas andan ya a la caza y captura de los peritos en este nuevo saber. Pero tan altas expectativas también generan escepticismo e inquietudes bien fundadas. Merece la pena que dediquen unos minutos a conocer qué hay detrás, cómo funciona y cuáles son sus limitaciones. 

En los nuevos cantares de gesta de la Red es costumbre empezar los relatos sobre los libros contables del siglo XXI por un personaje peculiar y remoto, y yo no voy a desafiar las tradiciones de la nueva épica digital. Les presento a Kushim. Si ustedes han leído «Sapiens: de animales a dioses» de Yuval Harari, ya saben de quién les hablo.  Estamos hacia el 3000 a. C. en Uruk, una ciudad sumeria a orillas del curso bajo del Éufrates. Kushim, un funcionario, graba en una tablilla de arcilla la recepción de 29.086 medidas de cebada a lo largo de 37 meses. Utiliza una serie de pictogramas que constituyen una escritura parcial: no está destinada a conservar y transmitir poesías, plegarias o leyendas; es una escritura administrativa, burocrática. Kushim añade otros símbolos que según algunos arqueólogos significan que la cebada está destinada a la fabricación de cerveza. Finalmente, estampa su firma en la tablilla. Es la primera vez que aparece el nombre de una persona en un objeto, pero para lo que aquí nos ocupa lo más relevante es que esa tablilla es un ejemplo depurado del primer tipo de registro contable permanente del que tenemos noticia. Una invención que fue clave en una Mesopotamia que crecía imparable y que necesitaba ese artefacto para ser gobernada con eficacia. 

Demos ahora un salto de 5.000 años. Sumeria ya ha desaparecido, pero los libros contables han continuado su larga marcha, sosteniendo los avances de la civilización y del libre comercio. En la actualidad, una superestructura formada por registros mercantiles y de la propiedad, notarías, empresas auditoras de cuentas, organismos centrales de supervisión y otros agentes legales sostiene un modelo de control y confianza bien establecido, cuyo objeto es garantizar la fiabilidad de los intercambios comerciales y patrimoniales entre entidades o personas y su reflejo fiel en los libros. Ha sido más que suficiente…, hasta que empezaron a surgir fisuras cuando la Red se expandió abarcándolo todo, creando nuevos tipos de activos negociables y cambiando las reglas del juego del proceso de intercambio.

Estamos en Londres: es 11 de marzo de 2021 en la casa de subastas Christie. Acaban de vender a través de la Red un activo digital por 69 millones de dólares. Es una obra del artista Mike Winkelmann / Beeple confeccionada a partir de 5.000 fotografías, un ejemplo de lo que se denominan Non-Fungible Tokens (NFT, piezas o bienes no fungibles). Cualquier activo digital no deja de ser una secuencia de bits con una estructura definida. Beeple afirma que esa secuencia –la representación digital de su cuadro– es un original único del que es autor y legítimo propietario, que no ha generado copias del mismo ni ha sido manipulado después de concluirlo. Por eso decimos que es un bien no fungible: no se consume o agota con su uso, no se puede fragmentar, no puede ser reemplazado por otro equivalente; solo puede ser transmitido.

Un NFT, como el cuadro de Beeple, es algo por lo que los miembros de una comunidad de coleccionistas están dispuestos a pagar sumas relevantes, siempre que haya pruebas suficientes y visibles de su singularidad e integridad, y que se pueda trazar la secuencia de poseedores, desde el creador inicial del objeto hasta el que lo pone a la venta. Así que los NFT son en realidad un artificio tecnológico que permite convertir algo que por su propia naturaleza es fácilmente copiable y manipulable –una secuencia de bits– en un objeto único y escaso. Como tal, se pueden utilizar para comerciar con cualquier creación susceptible de ser conservada digitalmente: cuadros, fotos, cromos de deportistas o canciones, entre otras. 

Es un tipo de negocio que depende, como muchas iniciativas anteriores, de la solución a un problema: cómo dejar constancia indubitable de la propiedad y la unicidad de un bien digital, y de que su venta o transmisión a otra persona o entidad se ha producido de forma fehaciente, pero –y esto es lo importante– sin apoyarse en el modelo de confianza convencional porque ahora vivimos en un mundo Red. Un mundo masivamente conectado, sin un centro de control o dirección identificable, en el que participantes que no tienen por qué conocerse ni confiar mutuamente entre sí negocian el intercambio de secuencias de bits garantizando su integridad. Y lo quieren hacer basándose exclusivamente en mecanismos compartidos de verificación, sin recurrir a una autoridad externa que dé fe y valide la operación. Justamente es en este punto donde emerge la tecnología blockchain como nueva escritura administrativa, nuevo punzón, nueva tablilla de arcilla a la altura de las ambiciones y necesidades de un mundo Red. 

Un blockchain o cadena de bloques es un tipo de libro contable de naturaleza exclusivamente digital (es decir, hablamos siempre de software) y completamente descentralizado en el que es posible registrar todo tipo de intercambios de información entre dos partes. Es decir, su uso no está limitado a los NFT. Un blockchain no entra en la naturaleza de la secuencia de bits: podemos registrar la autoría de un NFT; una operación de compraventa de un activo; un intercambio de paquetes de energía entre dos empresas de distribución eléctrica; o los datos de contaminación de un grupo de estaciones meteorológicas. Cabe cualquier cosa representable digitalmente (que en un mundo Red viene a ser todo) de la que se quiera dejar constancia de su estado.

Por eso hablamos de «un» blockchain y no de «el» blockchain: no existe un único y universal registro contable (aunque a algunos les gustaría). Se pueden crear tantos como comunidades interesadas en intercambiar secuencias de bits puedan existir y lleguen a los correspondientes acuerdos. Algunas comunidades están formadas por dos o tres entidades y son de naturaleza privada y cerrada; y otras, por cien millones de personas y son públicas y abiertas. Estas últimas son, obviamente, de las que se habla más en los medios. Algunos blockchains son meramente registrales y otros permiten, además, el pago en alguna criptomoneda del bien intercambiado (es el caso de los NFT, que habitualmente utilizan el blockchain de la plataforma Ethereum, con pagos en Ethers). Eso sí, todos los blockchains se basan en los mismos elementos tecnológicos.

El nombre de esta invención, cadena de bloques, proviene de la estructura peculiar del registro: un bloque recoge un lote determinado de intercambios validados y verificados (denominados, habitualmente, transacciones); los bloques, una vez cerrados y firmados electrónicamente, se van engarzando secuencialmente en una cadena, en la que cada uno de ellos mantiene un enlace inalterable, y también firmado, con el precedente. La cadena crece de forma continua porque un blockchain mantiene todas las transacciones realizadas desde el origen de la comunidad (pueden ser 1.000 o 1.000 millones). Así que la cadena es una «cadena de propiedad». En otros términos, cada uno de los bloques vendría a ser la versión electrónica de una página de un libro contable diario firmada; la cadena completa corresponde al libro en sí, en el que las páginas están numeradas de forma correlativa y no se pueden alterar. Parece que no hay nada particularmente destacable, ¿no? 

En realidad, esa percepción surge de que solo estamos considerando la parte visible del iceberg: el intríngulis de un blockchain radica en su maquinaria «sumergida», responsable del trabajo sucio: identificar a los participantes, verificar la propiedad del activo intercambiado, decidir si la operación es válida, firmar los bloques de operaciones, generar el enlace en cadena, hacer llegar una copia fidedigna del libro a todos los participantes, mantener su integridad frente a posibles ataques maliciosos. Resumiendo, todo lo que hace que los participantes acepten que lo apuntado en ese registro es inalterable, inatacable y no se puede repudiar. Esta maquinaria no la manejan personas, es puramente software, y se ejecuta de forma automática en los ordenadores de los participantes en un blockchain dado, explotando al máximo los avances en tecnologías de la información y las comunicaciones de las últimas décadas. Porque, recuérdenlo, no queremos recurrir a los fedatarios públicos y registros oficiales al uso.

Ya supondrán que el detalle técnico de todo eso no es trivial y da para llenar libros y libros, que la gran mayoría considera igual de aburridos que los libros contables; en compensación, como hemos comentado, su conocimiento permite, en los tiempos que corren, encontrar empleo de forma inmediata. Baste mencionar aquí, para los cafeteros, las tres piezas clave:

1) Los aspectos relacionados con la identificación de los participantes, la firma de las transacciones, el cifrado de los datos, las verificaciones, etc. se manejan utilizando masivamente la criptografía de doble clave o asimétrica (en forma similar a cómo funciona el DNI electrónico).

2) Los ordenadores de los participantes en un blockchain se comunican típicamente entre sí a través de la Red utilizando los denominados protocolos P2P (peer-to-peer), lo que implica que no hay un centro de control o coordinación y todos son iguales: todos disponen de su copia del blockchain, que se sincroniza con el resto de las copias periódicamente.

3) Las posibles discrepancias que se puedan dar en un momento determinado entre las diferentes copias porque alguien ha añadido en la suya una nueva operación pendiente de ser validada o, por ejemplo, por una manipulación interesada de una de las copias por parte de un atacante, se resuelven utilizando una variedad de procedimientos que se agrupan bajo el nombre de algoritmos de consenso (hay una variedad de ellos donde elegir). 

No quiero abusar de su paciencia y su tiempo, por lo que no me extenderé más en las posibilidades que abren los blockchains. Sus defensores más pragmáticos sostienen que estas tecnologías son valiosas porque –y aquí vienen los eslóganes– simplifican, abaratan y facilitan las transacciones comerciales a través de la Red, al eliminar agentes en el proceso y así «desintermediar» (término mágico donde los haya en la jerga de los tecnoemprendedores) la negociación, sin mayores consideraciones respecto a potenciales conflictos. Pero como sucede en toda innovación tecnológica con pretensión de cambiar aspectos relevantes de nuestras vidas, el volumen de escépticos y críticos es notable, y tienen razones bien fundadas para ello. 

Hay muchos debates abiertos en torno a los problemas legales, éticos, económicos que puede plantear su uso generalizado. Casi siempre están relacionados con los blockchains de tipo público y abierto. Un ejemplo: ¿qué marco legal ampara las posibles disputas si la tecnología fracasa a la hora de alcanzar un consenso entre los participantes o de proteger la integridad de la cadena, como ya ha ocurrido en algunos casos? Otro más: hay algoritmos de consenso extremadamente complejos y muy costosos de desplegar (el caso más conocido es el del Bitcoin), que suponen un consumo energético brutal porque su ejecución requiere de supergranjas con decenas de miles de ordenadores.

Y hay un debate de mayor calado que tiene que ver con el cambio en el modelo de confianza que supone este mecanismo de registro contable. Algunos de sus promotores más entusiastas y flamígeros se suben a la grupa de un discurso «ciberlibertario» contra el supuesto monopolio actual de la confianza: el blockchain permitirá rescatarla de las garras de los perversos organismos, notarios, auditores, abogados, bancos, etc. que la gestionan en la actualidad para entregársela a la tecnología salvadora (criptografía asimétrica + protocolos P2P + algoritmos de consenso). Para los escépticos este es un ejemplo más de «la locura del solucionismo tecnológico», omnipresente en el Valle del Silicio: pretender resolver todos nuestros problemas y cambiar el mundo con herramientas supuestamente neutrales, «democráticas», pero que pueden ser muy opacas, complejas y no siempre tan fiables como prometen. Y que pueden abrir subrepticiamente la puerta a monopolios más dañinos y peligrosos.

Por eso, si alguno de ustedes ha sido capaz de aguantar hasta este punto y ahora me preguntase, para concluir, si se puede confiar en un blockchain, yo, después de unos segundos de intensa concentración y poniendo cara de consultor concienzudo y solvente, le respondería: «Mmmm…, depende». Y le cobraría en bitcoins tan esclarecedor consejo.

Los García

La historia de la música no se puede escapar de las impredecibles modas. Hubo un compositor de ópera, Giacomo Meryebeer, que gozó de toda la estima del público de la época (primera mitad del XIX) hasta tal punto que su entierro en París resultó una emocionante manifestación de fervor de sus seguidores. Hoy nadie se acuerda de él y sus óperas prácticamente no se representan. Meryebeer era alemán pero empezó a escribir ópera en italiano, por lo que tuvo como competidor a Rossini el cual le eclipsó para la posteridad. En lo que estaban de acuerdo ambos era en que “Los García” quizás no fueran muy amables, pero eran la saga de cantantes mas importante que se había conocido hasta entonces.

El patriarca de los García, Manuel, era un gitano sevillano portador de una de las voces más portentosas de la historia del canto. Casó con una bailarina pero cuando conoció a la soprano María Briones también se casó con ella. Era bígamo pero parecía no importarle mucho, tenía un carácter intempestuoso y fue viajando por el mundo con su familia y actuando donde le contrataran. Tuvo tres hijos con la Briones que resultaron tres soberbios cantantes. El varón, que se llamaba como él, fue el mejor maestro de canto de la época. Las dos mujeres alcanzaron fama internacional, la Malibrán y la Viardot, que tomaron el nombre de sus respectivos maridos.

María Malibrán fue tan famosa que a Manuel García se le llegó a conocer como “el padre de la Malibrán”. Murió muy joven y tubo una ardiente vida amorosa, lo que contribuyó a su leyenda. Cuando Gioaquino Rossini, el Cisne de Pésaro, proclamó que era la mejor cantante que jamás había escuchado, su nombre pasó a la eternidad.

Pauline Viardot-García vivió muchos años más y también alcanzó gran renombre. Junto con su marido Louis Viardot y el escritor ruso Iván Turguénev son los protagonistas del libro, recientemente publicado, “Los europeros” de Orlando Figues que aprovecho para recomendar sin lugar a dudas.

Es evidente que los aficionados a la ópera sí saben quiénes eran los García y han oído hablar de todos ellos. Fuera de este reducido grupo su popularidad en España es muy baja. Saber quién era Meryebeer o la Malibrán es hoy patrimonio de la alta cultura.

Ilustración: Retrato de María Malibrán de François Bouchot (Museo del Louvre)

Un hombre piadoso

Me he desplazado a la capital aragonesa con la intención de postrarme a los pies de la Pilarica. La catedral-basílica, aplicando ridículos protocolos Covid, nos lo pone difícil a los fieles, no obstante he conseguido reclinarme frente al cubículo donde habitualmente se permite tocar el divino manto en busca de esa protección que todos necesitamos. También he podido visitar el maravilloso coro del XVI donde he imaginado escuchar voces interpretando las composiciones del padre Tomás Luis de Victoria, quizás nuestro mejor músico de cualquier época.

Ya puestos, he podido visitar el magnífico museo del escultor Pablo Gargallo y a continuación la exposición sobre El Víbora en un local sito en la Plazuela de San Agustín en cuyas cercanías había quedado con el joven Notas a pie de guerra.

Hemos hablado sobre sus potenciales objetivos profesionales, que él parece no apreciar, y le he animado a alcanzarlos. Una botella de Fagus ha sido testigo de una larga conversación a causa de la cual casi pierdo el AVE.

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