Las conversaciones entre Baroja y Céline

– Sexta parte –

Españoles sin patria

Por el Marqués de Cubaslibres / Cuadros de Carlos García-Alix y Arturo Marián

[Quest]

Este viaje empezó hace muchos años, quizás a mediados de los 90, cuando leí dos novelas que me impresionaron: Viaje al fin de la noche de Céline y El árbol de la ciencia de Baroja. Poco a poco fui leyendo el resto de su obra hasta que formé una pequeña biblioteca de cada uno de ellos (también la hice de Aub y Sender, dos autores que me gustaban especialmente). Me fui interesando progresivamente en la biografía de Baroja y Céline, incorporando a sus bibliotecas lo más relevante que se iba publicando. La fiebre aumentó cuando decidí hacerme con ediciones antiguas de sus libros como las publicaciones originales de Denöel, incluidos los Panfletos. En el caso de Baroja adquirí las novelas que le publicó Fernand Sorlot en Francia y otras ediciones curiosas. Fui entonces consciente de ciertos paralelismos obvios entre ambos, pero sobre todo que por diferentes motivos había obra suya sin publicar y muchos detalles de sus biografías poco explorados.

Un paso más fueron las obras sobre Baroja publicadas por Eduardo Gil Bera, pero sobre todo por Miguel Sánchez Ostiz. De su lectura aprendí unos detalles muy interesantes: la mala relación de Baroja con escritores como Aub, Sender y el propio Céline, a los que despreciaba. También supe de la entrevista entre Sender y Céline que tuvo lugar en París en 1938, como de la comida que tuvieron Baroja y Sender también París en aquella época. La gota que colmó el vaso fue saber del libro que había escrito Josénez sobre “la muerte de Baroja” y que le iba a publicar en breve Renacimiento. Con todos estos elementos en la mano me pareció obligado reflexionar sobre unas imaginarias conversaciones entre Baroja y Céline.

Otro asunto que contribuyó decisivamente a llevar a cabo este pequeño proyecto fue la exposición de Carlos García Alix titulada “Bandera de Francia”. En el catálogo y en los propios cuadros se iba relatando la vicisitud de su abuelo Pérez Ferrero, el íntimo amigo y biógrafo oficial de Baroja, en su huida desde Madrid a París durante la Guerra Civil. Este exilio coincidió con el del propio Baroja, pero también entre otros con el de Marañón, Pérez de Ayala, Ortega, Azorín, Sebastián Miranda y Teófilo Hernando. Este grupo de intelectuales había apoyado en principio la República (excepto Baroja que nunca lo hizo) pero curiosamente ahora huía de ella, del terror rojo, pero también de Franco. Esta era la  llamada a veces “Tercera España” o , según Carlos, “Españoles sin patria” tal como se titulaba el cuadro central de la exposición donde aparecían todos en el café Voltaire.

En aquella exposición se vieron cuadros de Pérez Ferrero y sus amigos, que a su vez lo eran de Baroja, como Blaise Cendrars o Fernand Sorlot, que hemos visto aparecer en el relato.

Al final fui yo mismo el que compré aquel cuadro de grandes dimensiones, el cual fue instalado en la galería “guerracivilesca” que descansa en el Zulo. Allí también está el tríptico que hizo Arturo Marián Llanos sobre las andanzas del doctor Muñiz que se reflejaban en la película-documental “El honor de las Injurias” (dirigida por Carlos y rodada en parte allí) y el mural que hizo Arturo en 2005 en el cual aparece él mismo pintando a Céline. Todo un poco patológico si me apuran.

Precisamente paseando por los alrededores del Zulo le iba contando a Elvira mis elucubraciones sobre Baroja y Céline cuando me preguntó que por qué este no había venido a España en vez de huir a Dinamarca. Nunca había pensado en ello así que indagué y encontré en la revista “Histoires littéraires” ( 2012 – n° 51) unos documentos de Exteriores en que figuraba su petición de asilo político a Franco que fue finalmente rechazada en abril de 1949 (resulta curioso conocer las razones por las que se le denegó la residencia en España en el documento adjunto). Pensar en la posible mediación de Baroja en este asunto fue una tentación irresistible.

Suerte en París

Quizá Zeppi sepa la respuesta o la forma de calcularla. La cosa es que un día feriado, viendo a un vendedor de globos, me dije: seguro que hay un número, lo bastante elevado, de ellos con los que sale volando: que hagan entre todos ellos las veces de aerostático.

Quise en principio dibujarlo, pero no soy Trooper o Anto Chozas, o Joserra. Quise dibujarlo, convencido como estoy de que la Música está por encima de la Literatura y, entre medias, la Pintura. O: quien no puede cantar, dibuja. Y si tampoco, escribe. Yo escribo. Piénsese que, salvo quizá musicales y la Disney, hasta donde sé, no se traducen las canciones. Ni los cuadros. Lo que sea que nos transmiten no requiere de adaptaciones. Las narraciones y ensayos sí.

Total: me tuve que conformar con evocar con palabras la escena que pasó por mi cabeza.

En el museo del Lúgubre,
los sastres de la guerra
tejen trajes de madera,
y junto al río Sena
los albaceas entregan
seis pies de tierra
para quienes no pudieron
redimir su suerte de soldado.

Al mismo tiempo,
los gendarmes
arrojan a inmigrantes
por el Puente de las Artes.

En las proximidades,
un comerciante ambulante
vende globos con motivos
de las pinturas del museo.
Desesperado por la poca clientela,
se ha anudado la sarta al cuello
y se está ahorcando.

Solo salvará el pellejo
si los pródigos viandantes
deciden comprarle algún globo,
que alivie la estrechez de su vida
y la del lazo sobre su garganta.

De momento,
no sonríe la fortuna

y se escapa por los aires,
a la vez que un muchacho
apunta con el dedo
y grita: “¡Mirad, mirad,
los cuadros están robando a un señor,
se lo llevan volando!”
Mientras tanto,
la Mona Lisa de helio
sonríe en su levitar.

Cuanto menos cerdos, mejor

Por Bremaneur

Sabemos, desde que Clint rodó Sin perdón, que criar cerdos es muy complicado. También es complicado criar vacas, cabras, ovejas y pollos. Si además se crían en espacios enormes, la complicación crece. Si es al aire libre, los depredadores pueden acabar con un buen número de ellos; si es en cautividad, están más protegidos, pero sus condiciones no son todo lo óptimas que debieran y enferman con más facilidad, por lo que hay que suministrarles más medicamentos. Sin duda, la carne de ganado criada en macrogranjas es de peor calidad. No hace falta ser un lumbreras para deducirlo. Ítem más: producen más basura, alguna de gran peligro, como es el caso de los purines, que pueden filtrarse en los canales de agua para consumo humano. Y tampoco podríamos poner en el lado bueno de la balanza el tan manoseado comodín de «el puesto de trabajo», porque un mayor número de cabezas de ganado a criar no implica que haya de haber más personal para cuidarlo. Donde comen dos comen tres y cocinero solo hay uno.

No obstante, nuestra capacidad de llanto e indignación debería atenuarse, porque todo lo relacionado con la cría y muerte de ganado está estrictamente regulado, aunque no es menos cierto que estas granjas requieren de una inversión enorme solo accesible a grandes consorcios a quienes les interesa poco el bienestar animal o humano, y si hay que saltarse la ley… ya se sabe. Por otro lado, casi toda la carne criada en estos lugares en España está destinada al consumo chino. Que les den. Y tampoco estas macrogranjas son un producto exclusivo español, ya que están creciendo exponencialmente en numerosos países desarrollados, entre los que están los EEUU, Holanda y Gran Bretaña. Y, en definitiva, ¿cómo llenamos la España vacía? No queremos centrales nucleares, no queremos granjas… Solo queremos muchos matorrales y un par de lugareños, y esto tampoco puede ser.

Vistos los pros y los contras, he de decir, y no se me caen los anillos por hacerlo, que el ministro totalitario Garzón tiene razón cuando dice que exportamos carne de mala calidad, por lo que creo que deberían dimitir de inmediato todos los ministros responsables: el de Consumo, el de Agricultura y el de Exteriores, a través del cual se acuerdan los negocios con terceros países. Son muchos ministros, es una crisis sin precedentes y por lo tanto considero que debería caer el gobierno en pleno. Al título me remito.

Rasgando las nieblas

Por Albert / Ilustración de Ximeno de Atalaya

No espero nada de vosotros. Qué cabe esperar de gentes que se sientan cómodamente -ya nadie lee de pie como Parménides o San Agustín- aguardando a que mis aventuras, desventuras, gozos y pesares distraigan su desocupado tiempo o maten sus horas muertas, a que los estremezca o los aliente o los haga pensar, reír o llorar o los aburra hasta la locura en el mejor de los casos. Seguid, seguid riéndole las gracias al mandria este -o enfermo u ocioso, ya no sé qué demontres es, mirad qué lenguaje me obliga a utilizar, a mí que jamás dije una palabra más alta que otra ni empleé esta jerga barriobajera y ruin-, al sujeto que de mí se alimenta y me condena a ser una marioneta y a vosotros mi público, el suyo. A qué esta obstinación conmigo, maldito sea el día en que me lo presentaron en el Ateneo y malditas las noches que pasé en su dormitorio, ni siquiera zumbaba bien (por Dios, qué palabras) y su conversación me resultaba tan anodina y soporífera como su colección de libros, y dale con los libros, los insufribles libros de los que nunca se cansaba y yo simulaba leer a su lado para complacerle. Jamás entendí una línea de ninguno de ellos, no soy mujer de metafísicas y laberintos, mucho menos de las jactanciosas memeces que escribe en sus propias novelas o del pendenciero estilo que gusta en sus artículos de prensa; ojalá alguno de los cuantiosos enemigos que se ganó le hubiese rajado el alma cuando aún estuvo a tiempo de ahorrarme esta grotesca segunda existencia sin otro fin que protagonizar los disparates que satisfacen su vanidad y pretenden vuestro deleite y aún lo consiguen, o eso deduzco al menos porque si no ya me hubieseis aborrecido y descartado pero no, después de años sigo paseándome ante millones de ojos de los que nada espero.

“Y la juventud huía, como aquellas nubecillas de plata rizada que pasaban con alas rápidas delante de la luna… ahora estaban plateadas, pero corrían, volaban, se alejaban de aquel baño de luz argentina y caían en las tinieblas que era la vejez, la vejez triste, sin esperanzas de amor”. ¡Paparruchas! A Dios doy gracias de que no tuviese el capricho de convertirme en cortesana, en monja de clausura o peor aún, en sufragista, qué le hubiera costado, yo también lo habría hecho si por ventura se cambiasen los papeles, si fuese él el anónimo amante y yo la celebridad que escribe con su rostro o sus gestos en la memoria y la libertad y el antojo de inventar para él un pasado o un presente traspuestos y todo un vasto futuro por explorar, sin azar ni necesidad ni otro propósito que darle sentido y significado a mi propia vida, que ahora es suya y maneja a sus anchas. Malhadada la hora en que lo conocí y se obsesionó conmigo. Habrá quien piense, hay gente para todo, que peco de indolencia por no agradecer al menos perpetuarme en sus obtusas letras, eso dirán. Maldita la falta, siempre he sabido cuidar de mí misma, no necesito que un idiota encaprichado venga a enmendarme la plana, a hacerme vivir una vida que no deseo para calma de sus enojos y frustraciones y acaso el solaz de algún otro tan ocioso como él mismo.

Por qué pasé aquellos años con él, los que trascurrieron desde que lo conocí en el Ateneo hasta que por fin se marchó de Madrid y se casó con una insulsa de su misma calaña y su misma tierra, si tanto le detesto, os preguntaréis con razón y ni siquiera os molestaréis en especular, para qué, ya estoy yo para daros servidas respuestas, ya sabéis de sobra que nada necesitáis discurrir ni masticar, solo seguir la correcta dirección de las letras para encontrar mi confesión y mi desahogo, porque no otra cosa son estas líneas sino desahogo y vano empeño, nada espero de vosotros. Trajinaba bien entre sábanas, para qué lo voy a negar, borrad lo que os dije antes, solo es fruto de la frustración y el enojo y estas sí son mis palabras o al menos eso creo, salvo las dos primeras de esta frase interminable y fastidiosa como todas las que pone en mi boca, yo jamás lo hubiera expresado de ese modo aunque de nada puedo estar segura después de largos años a su lado o debajo, no sé muy bien en qué lugar me hallo respecto a él aunque a mí me gustaba más encima, la sentía mucho más adentro (por Dios) y no tenía que aguantar su peso ni mi piel se irritaba con su barba desaliñada y sus descuidadas maneras. Todo se acaba contagiando, ya no sé si a fuerza de hablar como me obliga he terminado por adoptar su verbo y aun sus disparatadas ideas y su empalagosa tendencia a la divagación y el enredo, yo que siempre me distinguí por mi moderación, mi lucidez y mi espíritu pragmático. No se llega de otro modo a esposa de Subsecretario, amigos.

Me halagaba, eso es. Aparte de lo de sentirla muy adentro, quiero decir, cosa que tampoco me vino de más porque el Subsecretario no es hombre de grandes ardores ni esfuerzos; ni siquiera pone el menor empeño en zumbarse a mis espaldas a ninguna de mis doncellas, ya hay que ser perezoso e ingrato. Y bueno, tampoco es que una necesitara mucho, no creáis ni palabra de la avidez histérica con que el pollo este me saca en su libro, siempre me gustó la carne pero dentro de un orden y no únicamente la de figurones seductores y canónigos de catedral como también quiere haceros creer porque mejor conviene al hilo de su absurdo relato; qué sentido tendría nada de lo que cuenta si yo no estuviese ahí, siempre aturdida e impresionable, platónicamente enamorada de ni siquiera se sabe quién y sufriendo en silencio la ausencia de un alma gemela. ¡Y un cuerno! En lugar de escandalizarme, me halagó que, durante el besamanos del Ateneo y aún en la cena de gala posterior, aquel asturianito desconocido casi veinte años más joven se fijase con tan escasa compostura en mi más que discreto escote y me dirigiese tan encantadoras sonrisas, o así me lo parecieron entonces y todavía en los meses posteriores, durante las noches y las mañanas que compartí con él. Me aburría tanto en casa que tomé por encanto y gracia lo que no era otra cosa, con qué claridad lo veo ahora, que soberbia, procacidad y juvenil insolencia.

Para qué contaros, entre otras cosas me hace zascandilear por capillas y confesionarios que jamás frecuenté, rodeada de arciprestes, arcedianos, magistrales y otros títulos de la clerigalla cuyo nombre ni siquiera conozco, me obliga a residir en una ciudad húmeda del norte de España que evité siempre que tuve ocasión, ha teñido mi hermosa melena negra de un castaño claro que en nada favorece mis facciones y, en el colmo de la desfachatez, me ha hecho pasar de nuevo, a mi edad, por tentaciones carnales, dilemas amorosos y ataques de nervios, gastar noches en vela anhelando a un galán cuyo nombre ni siquiera recuerdo y a un cura, -¡un cura!- llamado Fermín o Agustín, tampoco eso lo retengo, esperaré a que alguno de estos mainates que me custodian lo mencione otra vez cuando de nuevo me feliciten por ser la estrella de su disparatada novela y procuraré retenerlo, porque en caso contrario capaz es de reescribirla o añadirle otro tomo para hacerme pasar una vez más por una chiflada romántica y eso sí que no, qué sabrá él de mi conciencia y mi carácter si lo único que tuvo de mí fueron los días que me sobraban y el insípido fruto de mi aburrimiento.

Me dice al oído, me hace deciros porque no le gusta el rumbo que están tomando estos párrafos, que me recrea hermosa y radiante en su libro como un merecido homenaje pero quién puede creerlo, ni el más ingenuo de vosotros lo tomaría por cierto. De ser así, se hubiese internado él en el mundo calmado y selecto que supe ganarme, en lugar de arrastrarme al suyo y obligarme a disfrutar o echar de menos la compañía del galán o el cura según convenga a su relato, a codearme con gentes a las que detesto aún más que a él y a pasar el resto de mi existencia malviviendo en los lugares y los ambientes provincianos que conoció e incluso inventó para mí. Fue más fácil así para él, más sencillo y menos bochornoso repintarme a mí que reconstruir por entero su propia realidad, quizás no quisiera hacerlo para no tener que detenerse a examinarla, a quién le agrada mirarse en el espejo si lo que le devuelve es la nada o peor, libros estúpidos, fracasos de juventud y años arrastrándose hasta la gloria y acabar cada jornada de la misma manera, siempre añorándome sea quien sea la fulana de turno que tiene encima o debajo. En mí tuvo a la última verdadera mujer, eso puedo asegurarlo.

“Volvió a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le causaba náuseas. Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo”. ¡Ni siquiera me mató! Mil veces hubiese preferido que me condenara a los desvaríos y padecimientos de Bovary o Karenina y a sus infaustos finales que llevar esa vida sin brillo ni honor ni verdadera tragedia que urdió para su heroína de pacotilla. Mil y una veces elegiría morir envenenada por mi propia mano o ver rebanada mi fina garganta en las vías del tren que gastar mis días soñando despierta y lamentando mi suerte. Nunca me hubiera matado y sin embargo daría hasta la buena vida que de verdad tuve por dejar de exhibirme en vuestras cabezas disfrazada de Regenta o lo que quiera que fuese aquella maniática perturbada cuyo nombre demasiado bien conozco, Anita, no se le ocurrió seudónimo para mí más estúpido y pueril. Así me llaman a todas horas estos mostrencos que se dicen doctores y enfermeros y ahora me tienen encerrada en este pabellón de mala muerte rodeada de infelices, trastornados y orates, adormeciéndome con píldoras de colores para que no denuncie al mundo la farsa y el escándalo de conocer que la tan recatada como ansiosa y atormentada Ozores no es tal y tiene mucho que decir de aquel literatillo con ínfulas, si yo contara.  

Ni una sola de las dos mil quinientas veintisiete veces que con la de esta semana he leído ese librucho he encontrado pizca de gracia ni verdad en él. Cada vez que paso la última página escribo una carta como esta y se la doy al mozo celador para la diligencia del correo pero jamás me ha llegado respuesta de nadie, al parecer las descreídas gentes de este siglo diecinueve que ya termina prefieren los novelones faroleros a las secas verdades. En vano intentan convencerme estos matasanos -ya no saben qué inventar para volverme loca- de que hemos adelantado en el tiempo y vivimos el veintiuno, no sabré yo qué siglo piso. Así me veo, secuestrada en un hospital y ligada para siempre en vuestros magines al tísico este que me disfrazó y me enredó en líos de los que nada quiero saber y me tuvo por musa y estímulo. A quién pretenden engañar, él y estos sus secuaces que aquí me retienen para que no desvele la descarnada realidad, a quién procuran estafar sino a vosotros de quienes nada espero, ni siquiera que intercedáis en mi favor para que de una vez me desaten de esta cama y dejen de darme pastillas. Ni tan solo que cuando me leáis de nuevo me imaginéis como quien realmente fui, la juiciosa esposa de un Subsecretario, una dama resuelta y  confiada en su propia suerte, sin dudas ni demasiadas certezas, sin más caprichos que los que supo ganarse ni otro afán que llevar la vida digna en que la educaron. No, nada espero de vosotros.

Celebrando los Primordiales de Olmedo (en 4 vuelcos)


Primer vuelco


Los habituales del lugar ya saben que Olmedo celebró anteayer su cumpleaños y concluyó su serie de los Primordiales. Además, este es el primer fin de semana que pasa con los suyos, felizmente recuperado de su convalecencia covidiana. Para festejar como se merece tal conjunción psicodélico-cósmica de acontecimientos, inauguramos el año editorial en Libros de EyB con la recopilación digital de la travesía homérica que emprendió hace unos meses en busca de sus primordiales musicales.

Se trata de una guía discográfica del pop y rock de la década que va de mediados de los 60 a mediados de los 70, con un bienio estrella, 1969-1970, y alguna que otra concesión a la modernidad (para el «análisis neurocientífico» de la lista de discos pueden acudir al epílogo del libro). En este particular canon se mezclan álbumes aclamados por muchos aficionados con rarezas que, según los registros estadísticos, solo parecen haber apreciado Olmedo y en ocasiones, pero no siempre, alguno de sus condiscípulos de bachiller (plan del 53), harto conocidos en este garito contra la ignorancia y el fanatismo. Así pues, gustos inconfesables y división de opiniones, que es la marca de las listas «comme il faut».


Segundo vuelco


Si prefieren repasar el catálogo, y disfrutar de la belleza de muchas de las portadas, antes de descargarse el libro, aquí lo tienen.

Manual de instrucciones: 1) Pulse en la portada del disco si quiere escucharlo; 2) Pulse en el título del disco si quiere leer el alegato de Olmedo; 3) Tómese un dry martini y brinde por él si aprueba la elección de nuestro guía; o, siguiendo sus instrucciones, proceda a lapidarlo –pero no demasiado– y luego tómese una tila (por este orden).


FC – Grandes Éxitos
Alaska y los Pegamoides

I – Outlandos d’Amour
The Police

II – Little Creatures
Talking Heads

III – I’m The Man
Joe Jackson


IV – Get Close
Pretenders

V – My Aim is True
Elvis Costello

VI – Tapestry
Carole King

VII – Pearl
Janis Joplin



XII – Transformer
Lou Reed

XIII – Odessa
Bee Gees

XIV – A Question of Balance
The Moody Blues

XV – Forever Changes
Love


XVII – Peter Gabriel I (Car)
Peter Gabriel

XVIII – In The Court of The Crimson King
King Crimson

XIX – End of The Century
Ramones


XX – London Calling
The Clash

XXI – Abraxas
Santana

XXII – Then Play On
Fleetwood Mac

XXIII – Moondance
Van Morrison


XXIV – Bridge Over Trouble Water
Simon and Garfunkel

XXV – Tea for the Tillerman
Cat Stevens

XXVI – Third
Soft Machine

XXVII – Morrison Hotel
The Doors


XXVIII – Chicago Transit Authority
Chicago

XXIX – Blood, Sweat & Tears
Blood, Sweat & Tears

XXX – Atom Heart Mother
Pink Floyd

XXXI – In-A-Gadda-Da-Vida
Iron Butterfly


XXXII – Goodbye
Cream

XXXIII – Songs for a Tailor
Jack Bruce

XXXIV – Goodbye Yellow Brick Road
Elton John

XXXV – The Twain Shall Meet
Eric Burdon & The Animals


XXXVI – Led Zeppelin I
Led Zeppelin

XXXVII – Band of Gypsys
Jimi Hendrix

XXXVIII – Hot Rats
Frank Zappa

XXXIX – Aqualung
Jethro Tull


XL – All Things Must Pass
George Harrison

XLI – Pet Sounds
The Beach Boys

XLII – Blood on the Tracks
Bob Dylan

XLIII – Crosby, Stills & Nash
Crosby, Stills & Nash


XLIV – Harvest
Neil Young

XLV – The Turning Point
John Mayall

XLVI – Blind Faith
Blind Faith

XLVII – Mr. Fantasy
Traffic


XLVIII – My Generation
The Who

XLXIX – Their Satanic Majesties Request
The Rolling Stones


Tercer vuelco


A modo de resumen sonoro, también disponen de la siguiente playlist en la que se recogen 150 temas, a tres por cada uno de los 50 álbumes seleccionados (el «y un» –Pegamoides– al margen), siguiendo las preferencias manifestadas por Olmedo en sus comentarios con expresiones como «formidable», «maravillosa canción» o, de forma destacada, «cañonazo». Y en aquellos discos en los que nuestro guía ha preferido no decantarse porque todos (o ninguno) eran unos cañonazos, la sabiduría de las multitudes escuchantes ha marcado la elección.


Cuarto vuelco


¿Y por qué no invitar en esta celebración a Claudio Sífilis? Con sus Antiprimordiales a cuestas, el que más firme y continuadamente ha debatido las elecciones de Olmedo, jugando su papel de némesis musical (aunque en varias ocasiones no han estado tan distantes).

Merece que recojamos aquí su lista, como ya saben, un tanto heteróclita:


Una vez descargado el documento, pulsen en las portadas para escuchar cada álbum o single (habitualmente en Spotify; en algún caso en YouTube; en un par de discos, en ninguna parte); y pulsen en los nombres para leer las razones de Sífilis.

Los 50 Primordiales (y L)


Por Olmedo

Era una oscura y fría tarde de invierno de 1969, Fernando estaba aburrido en casa, perdido en su habitación sin saber que hacer, se le pasaba el tiempo. Entonces se le ocurrió. Marcó el 2 43 14 64 y, después de una breve espera, oyó una voz angelical al otro lado del teléfono:
– Dígame
– ¿Me acompañas está tarde a la biblioteca?
– Vale, ¿cómo quedamos?
– Pásate por casa y llama al telefonillo cuando llegues.

Yo había terminado los deberes, por lo que mi madre no puso ninguna objeción a que saliera un rato. Desde casa bajé por Guzmán el Bueno hasta La Cachimba, donde crucé de acera para subir por Fernández de los Ríos.

Antes Fernando vivía en la calle Magallanes y quedábamos después de clase para pelear en su cuarto; cuando se mudaron seguimos haciéndolo, pero se cambió de colegio, nos estábamos haciendo mayores y pensamos que para las altas magistraturas que, sin duda, íbamos a tener que desempeñar necesitábamos ampliar nuestros horizontes culturales. Para ello, hacía poco que nos habíamos apuntado a la biblioteca de Cuatro Caminos; la de mi colegio era pequeña y no satisfacía mis exigencias intelectuales; bueno, eso y que los libros de Guillermo Brown siempre estaban pillados y en el colegio de Fernando, una antigua vaquería transformada en aulario, era inexistente, así que buscamos la pública más cercana y nos inscribimos. Estaba un poco lejos, pero tenía una zona de lectura para chicos estupenda, con una nutrida sección de cómics; me gustaban mucho los de Pilote (Astérix, Aquiles Talón,…) pero con los que más disfrutaba era con los del botones Spirou y Fantasio, con el increíble Marsupilami apareciendo por todas partes. Muchos años después le regalé uno a mi hija Lucía por si se aficionaba, pero no resultó. Para llevarme a casa buscaba los libros de Guillermo que no encontraba en el colegio; acabé leyéndome casi todos. No recuerdo bien que libros pedía Fernando, pero supongo que serían de Popper, Céline o tomos del Cossío.

Casi sin darme cuenta había llegado al número 50 y le llamé para que bajara; al momento ya estaba conmigo. Empezamos a andar y torcimos por la calle Galileo hasta llegar a Islas Filipinas. Había mucha niebla y la oscuridad empezaba a ser más tenebrosa en esa parte de la calle, ocupada sólo por las instalaciones del polideportivo y del Canal de Isabel II, sin otra luz que la del débil halo luminoso de las altas farolas, que apenas llegaba al suelo entre el aerosol neblinoso. Fernando esperó a este momento propicio para soltarme:

– Paul McCartney ha muerto.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo, dejándome más frío de lo que ya estaba; lo primero que me vino a la cabeza fue cuando mi madre, un día de noviembre de 1963, me despertó para ir al colegio con la noticia de que habían asesinado a John F. Kennedy; mi reacción de estupor fue la misma que entonces:
– Venga ya, eso es imposible.
– Murió en un accidente de tráfico mientras grababan el Sargento Peppers.
– Pero no he oído nada, se habría sabido.
– Es que es secreto, pero han dejado indicios que lo prueban.
– No puede ser… han grabado el doble blanco después y han salido en miles de fotos.

Con esa pasión y vehemencia que ponía y sigue poniendo en todo lo que cuenta, volvía a la carga.
– Es que contrataron a un doble y le adiestraron para cantar sus canciones. Si te fijas bien en las fotos, no está igual que antes. Tiene la cara más ancha.

Me parecía todo rocambolesco, pero empezaba a intrigarme.

– ¿Y qué pruebas son esas que dices, a ver?
– Hay muchas, pero las más importantes están en el mismo disco: en la contraportada Harrison es el único que está de frente y señala muy triste una línea de la letra de la canción She’s Leaving Home, en la que se indica cuándo ocurrió: un miércoles por la mañana a las cinco en punto.

– Bueno, pero eso es muy rebuscado… sólo es un día y una hora, se supone que es cuando ella sale de casa.
– ¿Y por qué George es el único que está vuelto y señala esa línea concreta? Nada es casualidad.

Me callé dubitativo.
– Es que la portada, además, es como su entierro, con todas las personas que le importaban despidiéndole detrás de la tierra recién removida en la que está enterrado. Un ramo de flores en forma de bajo es la señal definitiva.

La sombra de la duda empezaba a cernirse sobre mi atribulado ánimo.
– Hombre, mirándolo así…
– Es que hay más pruebas, dicen que escuchando al revés Revolution N° 9 se oye que ha muerto.
– Eso sí que no me lo trago ¿Quién va a escucharlo al revés? ¿Y cómo lo hace? Eso es una chorrada.
– Pero lo del disco y las fotos lo puede ver cualquiera, insistía con denuedo.

Con la conversación el trayecto se nos hizo muy corto, ya habíamos torcido por Bravo Murillo y nos estábamos acercado a la glorieta de Cuatro Caminos; la luz de los escaparates alegraba el ojillo, fue suavizando mi congoja y acabó disipando la incipiente credulidad.
– Miraré lo que me dices, pero no me acaba de convencer.

Una vez en la biblioteca nos pusimos cada uno a lo suyo y en vista de que no había conseguido acabar de hacer demasiada mella en mí, no se volvió a hablar del asunto de camino a casa, aunque yo seguía dándole vueltas en la cabeza… ¿Y si fuera verdad?


Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band / The Beatles

Los Beatles, desde su formación definitiva en 1962 con la Inclusión de Ringo Starr en el grupo originalmente formado por John Lennon, Paul McCartney y George Harrison, después de publicar Love Me Do, su gran bombazo, no pararon de sacar un LP detrás de otro, a cual mejor que el anterior, para satisfacción de sus millones de fans, entre los que me contaba desde muy chico, cuando me pegaba a las gramolas para oír Twist & Shout o A Hard Day’s Night, y desesperación del resto de grupos de la época, que no conseguían alcanzarles. Después de la publicación de Rubber Soul y Revolver parecía que iban a ser difíciles de superar. Sólo Brian Wilson consiguió con su Pet Songs acercarse, pero quedaba un último mazazo de los Big Four del que ya no se repuso: el Club de los Corazones Solitarios del Sargento Pimienta.

Este es el disco más total y completo de música pop que se ha grabado nunca. Lo tiene absolutamente todo: Un diseño portentoso, icono de la música popular, tan icono que se ha utilizado en esta casa, magistralmente reproducido por Trooper, como felicitación navideña. Creado por Peter Blake sobre unos apuntes de Paul McCartney, es un abigarrado collage en el que aparecen personajes de la música, el cine, la literatura y la ciencia, que escogió cada miembro, mezclados con sus figuras y detalles simbólicos. El vestuario es también espectacular, con unos uniformes de época que fueron imitados hasta la saciedad por cantidad de grupos y cantantes. El ambiente festivo de la portada contrastaba con la especie de entierro que representaba, lo que dio para que se hicieran muchas especulaciones sobre la posible separación del grupo, que no se produjo hasta tres años después. La música es también innovadora y muy trabajada, se emplearon cientos de horas hasta su finalización. Empezó como una broma, creando un grupo alternativo que fuera su alter ego, ya que habían dejado de actuar en directo, y terminó siendo un disco completísimo, que se impuso a todos los demás. Después del Magical Mistery Tour, una buena BSO para una película disparatada, que fue sintonía de Musicolandia del Mariscal Romero, el doble blanco y Abbey Road fueron buenos discos, pero para mí no lo superaron. Let It be fue el canto del cisne cuando ya había terminado todo.

Sólo le faltaba la leyenda y esta cayó por su peso, como ya ha quedado contado. Tanto símbolo e insinuación dieron sus frutos y al final el rumor se expandió por todo el mundo. Se publicó en 1967 y era el octavo disco del grupo. Psicodelia, sí, pero no sólo; buenos temas, baladas, influencias de todo tipo. Se concibió para que pareciera un concierto, con la presentación del grupo, público aplaudiendo, y sin interrupción la primera canción, siguiendo sin casi separación entre ellos el resto de los temas. También se repite al final el Sgt. Pepper’s a modo de bis.

Como hemos dicho empieza con Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, cantada por McCartney: orquesta afinando, público expectante y arranca el tema con toda la fuerza; fanfarrias y fans rugiendo. A continuación, le sigue sin interrupción With a Little Help from My Friends, la única cantada por Ringo Starr, de las más exitosas. El clavecín se abre paso para oír Lucy in the Sky with Diamonds, basada en un dibujo del hijo de Lennon, narra un pequeño viaje psicodélico, cantada por el propio John; mucha coincidencia lo de LSD ¿que no? Después unos acordes secos de John con la guitarra introducen Getting Better, cantada por McCartney, otro temazo, con su poquito de sitar y percusión exótica. Sigue Fixing a Hole, una bonita balada cantada por McCartney, más en el estilo clásico de los Fab Four. A continuación, es el arpa la que abre una delicatessen: She’s Leaving Home, cantada McCartney con Lennon, otra magnífica balada, sobre el abandono de una jovencita del hogar paterno para vivir su vida. Circo, carnaval y espectáculo para cerrar la primera cara festivamente con Being for the Benefit of Mr. Kite!, cantada por Lennon.

La segunda cara se viste de galas psicodélicas para abrir con Within You Without You, una gran canción de George Harrison, bellamente cantada por él, con todo el repertorio de sonidos exóticos habituales. Después una de mis preferidas del disco: When I’m Sixty-Four, cantada por McCartney, con el ritmo de la banda de clarinetes, muy decadente y recordada por todos según fuimos cumpliendo esa cifra. Le sigue una canción alegre, Lovely Rita, cantada por McCartney, un divertido tema dedicado a una agente de tráfico que le multó. Continúa con Good Morning Good Morning, cantada por John Lennon, una movida canción-despertador, con mucho arreglo de viento y ruidos de animales, que enlaza con el breve bis de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, cantado por Lennon, McCartney y Harrison. Se cierra la cara y el disco con el tema más importante del álbum: A Day in the Life, cantada por Lennon y McCartney. Una canción compleja, compuesta por separado con temas distintos y ensamblada luego por crescendos orquestales.

Por último, cabe decir que la mejor canción del álbum, como no era raro entonces, no se incluyó en él y se publicó antes como sencillo; fue Strawberry Fields Forever y era la gran aportación de John Lennon al disco.


Hasta aquí llegó la riada. Los primordiales han acabado su singladura musical (espero que sepan apreciar la enjundia de este fino símil marinero); algunos descansarán, entre ellos yo, otros quizá, por qué no, los añoren un poco. En cualquier caso, quiero dejar constancia de una lamentable ausencia en ellos: Los Kinks, uno de mis grupos sesenteros favoritos, de los que no dispuse de LPs en su momento y no he sabido encontrar su encaje en una lista de álbumes, más que de canciones o grupos. Lo mismo se puede decir de los Hollies o de la música Soul, representada en los 60 en las tiendas de discos por los famosos Hits & Soul, compendio de éxitos de artistas variados. Para ellos mi reconocimiento.

También agradezco a los que han sabido completar las carencias de la lista con sus aportaciones paralelas, como Sílfide, Juancho, JrG y demás y deseo a Saturio que se reponga pronto del epustuflamiento en el que se habrá quedado postrado tras el número uno.

Las conversaciones entre Baroja y Céline

– Quinta parte –

Por el Marqués de Cubaslibres / Retrato de Carlos García-Alix

[Habla Céline]
Me molestó la carta que me envió Baroja recomendándome que no fuera a España, entre otras razones porque él parecía vivir allí tranquilamente y según mi información nunca fue molestado por los Falangistas ni requerido por Franco para glosar su Régimen. En 1944 me vi obligado a salir de París y atravesando Alemania busqué refugio en Dinamarca. En mala hora tomé esa decisión, nos trataron como a perros, así que de acuerdo con Lili decidimos intentar marchar a Suiza o a España. Deseché la idea de pedir ayuda a Baroja y en 1947 recurrí a mi viejo amigo Antonio Zuloaga, antiguo agregado cultural de la Embajada española en París. A Lili le hacía ilusión que nos fuéramos a vivir «al país del flamenco y del baile».

Vehiculizamos la petición informalmente a través suyo y de forma oficial al marqués de Santa Cruz en febrero de 1949. La reacción inicial fue positiva pero debería haber algún espía en la Embajada porque esta información llegó a De Gaulle que de forma inmediata maniobró para que se nos negara la entrada en España. Me decepcionó mucho Franco, como me había advertido Baroja no era de fiar. Cosas de gallegos, según él.

Antonio Zuloaga


Después de este episodio ya no tuvimos tiempo de planificar nuestra marcha porque las autoridades danesas me metieron en la cárcel primero, y luego me tuvieron retenido en una casucha hasta que en 1950 las Autoridades Francesas me condenaron a un año de reclusión (que ya había cumplido en Dinamarca), 50.000 francos de multa, la confiscación de la mitad de mis bienes y la degradación nacional. Un castigo, este último, que solía aplicarse a todos los traidores durante la posguerra y no era poca cosa: anulación del derecho de voto y del derecho a llevar armas, prohibición de presentarse a unas elecciones u opositar a cargo público, pérdida de cualquier rango militar o condecoración y exclusión de las carreras jurídicas, docentes, periodísticas, bancarias…

Fui amnistiado en 1951 gracias a que se me consideró como herido de la guerra del 14. Nos fuimos a vivir a Meudon (Hauts de Seine) donde volví a ejercer la Medicina y nos manteníamos en condiciones miserables. Me lo habían robado todo, me habían degradado. Me puse a escribir para intentar ganar algo más de dinero, terminé Féerie pour une autre fois, con sus dos partes, pero Gaston me aseguró que no se vendería, no me pagó ni un solo franco. Mientras tanto me enteré de los éxitos literarios de Baroja, que al parecer tenía hasta coche.

Pensé en lo bien que nos hubiera ido en España si hubiéramos podido refugiarnos allí, confié más en mi amigo Zuloaga que en él, probablemente me equivoqué. Luego supe que no se habían tomado muy en serio mi petición, al menos eso se desprende de una carta que llegué a ver en la que le consultaba mi caso al diplomático Lojendio.

Baroja, ese escritor vasco bajito y tímido hasta que se ponía a hablar y no paraba, debería tener mucho más poder del que pensaba. Me consta que recibía con mucha frecuencia visitas de periodistas que le entrevistaban y salía en todos los periódicos. A mí me pasaba lo mismo, pero las interviús eran siempre morbosas, no estaban interesados en mi literatura sino en resaltar mi figura de maldito. A la mayoría les eché de mi casa a los cinco minutos de entrevista. Cansado de todo esto decidí escribir mi propia entrevista: Conversaciones con el profesor Y, quizás el libro más clarificador que he escrito, mucho mejor que los Panfletos.

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